
Ven a ver la final del mundial con nosotros!!


Por Justin Vivero marzo 16, 2026
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La nueva normativa del Departamento de Salud de Texas, impulsada por Greg Abbott, endurece las condiciones del sector del cáñamo, encarece la actividad y limita el acceso legal de los consumidores, reabriendo el debate sobre la legalización del cannabis y el fracaso de las políticas prohibicionistas.

Texas volverá a cerrar una puerta que nunca debió abrir a medias. A partir del 31 de marzo, los establecimientos del estado no podrán vender productos de cannabis para fumar. La decisión, formalizada por el Departamento de Salud texano tras un mandato ejecutivo del gobernador Greg Abbott, no es solo una modificación técnica ni un ajuste administrativo. Es, en realidad, una declaración política. Una más. Y como tantas otras en materia de drogas, nace con la pretensión de ordenar el mercado, pero corre el serio riesgo de conseguir exactamente lo contrario: desordenarlo, encarecerlo y entregarlo, en parte, a la clandestinidad.
Conviene detenerse un momento en el fondo del asunto. Porque detrás de la retórica regulatoria, de los porcentajes de THC y de los nuevos requisitos burocráticos, lo que hay es una vieja pulsión: la de responder a un fenómeno social complejo con una prohibición simplista. Se prohíbe fumar cannabis legal, pero no desaparece la demanda. Se castiga al comercio regulado, pero no se elimina el consumo. Se elevan tasas hasta niveles difícilmente asumibles para muchos negocios, pero no se protege mejor a los ciudadanos. Lo que se hace, sencillamente, es desplazar el problema. Sacarlo del escaparate para devolverlo a la trastienda.
La nueva normativa llega acompañada, además, de un fuerte incremento de tasas. Los comercios deberán abonar 5.000 dólares anuales y los productores 10.000. No hablamos de un matiz contable, sino de una barrera de entrada y de permanencia que altera por completo las reglas del juego. Hay decisiones políticas que no necesitan pronunciar la palabra “prohibición” para ser prohibitivas en la práctica. Esta es una de ellas. Porque cuando a un sector se le exige un sobrecoste desproporcionado y, al mismo tiempo, se le amputa una parte esencial de su oferta comercial, el mensaje no es regulen mejor; el mensaje es desaparezcan.
Y esa es, precisamente, una de las grandes contradicciones del prohibicionismo contemporáneo: presume de proteger al consumidor mientras debilita a quienes operan con controles, licencias, trazabilidad y supervisión. En Texas hay más de 9.100 comercios habilitados para vender productos derivados del cáñamo. Es decir, existe un ecosistema legal, visible, fiscalizado, con capacidad de someterse a normas de etiquetado, pruebas de calidad y restricciones de edad. Si ese ecosistema se encoge por asfixia regulatoria, no se crea una sociedad más segura. Se crea una sociedad más hipócrita.
La clave técnica de la medida está en la adopción del criterio de “THC total”, que incorpora el THCA al cálculo del Delta-9 THC. Puede parecer una discusión química reservada a especialistas, pero sus efectos son profundamente políticos. La popular “flor THCA”, que había ganado terreno entre los consumidores texanos, queda en la práctica arrinconada por esta nueva interpretación normativa. Y ahí aparece otra evidencia incómoda: cuando la ley se empeña en ir por detrás de la realidad social, acaba recurriendo a artificios regulatorios para simular control. No se debate abiertamente sobre legalización, sobre salud pública, sobre reducción de daños o sobre libertad individual. Se reinterpreta la norma desde el laboratorio para obtener por vía técnica lo que no se ha querido o no se ha podido resolver por vía democrática.
Ese atajo tiene consecuencias. Las tienen para los pequeños empresarios, para los productores, para los trabajadores del sector y, por supuesto, para los consumidores. Hay comercios cuya facturación depende en gran medida de los productos fumables. Si desaparece una parte sustancial de la oferta, muchos negocios quedarán en una posición económicamente inviable. Y, cuando un negocio legal cierra o reduce actividad, el espacio que deja rara vez permanece vacío. Lo ocupa otro. A menudo, un operador que no paga impuestos, que no verifica edades, que no garantiza composición ni calidad y que no responde ante ninguna autoridad sanitaria.
Ese es el gran fracaso moral y práctico de las políticas prohibicionistas: convierten en problema de orden público lo que debería abordarse como un asunto de salud, derechos y regulación inteligente. Los propios defensores de la reforma en Texas lo han advertido con claridad. Si los consumidores no pueden adquirir estos productos en tiendas sujetas a control, los buscarán fuera del estado o en el mercado ilegal. Y ese mercado, a diferencia del legal, no ofrece ni garantías ni transparencia. No pide documentos, no informa de concentraciones, no retira lotes defectuosos y no rinde cuentas. Resulta difícil entender por qué un gobierno que afirma preocuparse por la seguridad del ciudadano toma una decisión que, previsiblemente, fortalece al canal menos seguro de todos.

Hay aquí, además, una cuestión de fondo que trasciende a Texas y habla del debate internacional sobre el cannabis. Durante décadas, la política de drogas ha estado marcada por una mezcla de prejuicio moral, cálculo electoral y resistencia cultural. El cannabis ha sido tratado no tanto como una sustancia que exige regulación racional, sino como un símbolo sobre el que proyectar temores ideológicos. Pero la realidad, tozuda como siempre, ha ido desmontando esa escenografía. En muchos lugares del mundo, el camino ha sido justamente el contrario: sacar el consumo de la sombra, fijar reglas claras, controlar la calidad, recaudar impuestos, limitar el acceso de menores y debilitar a las redes ilegales.
Legalizar no significa banalizar. Y esa confusión ha hecho mucho daño. Estar a favor de la legalización del cannabis no implica negar sus riesgos, ni fomentar el consumo, ni convertirlo en un producto inocente. Significa, más bien, asumir una evidencia elemental: una sociedad democrática gestiona mejor lo que regula que lo que prohíbe sin éxito. Significa entender que la protección real pasa por informar, controlar, prevenir y tratar, no por empujar a miles de personas hacia circuitos opacos. Significa aceptar que el Estado debe intervenir, sí, pero con inteligencia, no con reflejos punitivos heredados de otro tiempo.
Texas, con esta decisión, parece optar por el camino inverso. No resuelve la demanda, no ofrece una alternativa más segura y no abre un debate honesto sobre qué modelo de convivencia quiere respecto al cannabis. Se limita a endurecer. A encarecer. A restringir. Como si la complejidad social pudiera resolverse a golpe de decreto. Como si las costumbres, las necesidades terapéuticas, los usos recreativos y las transformaciones culturales fueran a desaparecer por cambiar una fórmula en el boletín administrativo.
La pregunta que queda flotando es incómoda, pero necesaria: ¿a quién beneficia realmente esta medida? Desde luego, no al pequeño comerciante que intenta operar dentro de la ley. Tampoco al consumidor que busca un producto regulado y seguro. Ni al contribuyente, que podría acabar pagando el coste de futuros litigios. Y mucho menos a la salud pública, si el resultado es un trasvase hacia canales sin control. Tal vez beneficie, eso sí, a una determinada narrativa política: la que sigue presentando la dureza como sinónimo de responsabilidad y la restricción como una virtud en sí misma.
Pero gobernar no consiste en aparentar firmeza. Consiste en resolver problemas. Y el cannabis, nos guste o no, no se resuelve negándolo. Se resuelve regulándolo con seriedad, con evidencia y con sentido común. Todo lo demás, por mucho que se disfrace de prudencia institucional, se parece demasiado a una renuncia. Y ya sabemos quién paga siempre el precio de esas renuncias: los ciudadanos, los negocios legales y, una vez más, la verdad.
Por: Raro Genetics

Este mes hablaremos de las últimas tendencias en vaporizadores cannábicos y cómo la industria está evolucionando rápidamente. De esta forma sabréis hacia dónde están enfocando los fabricantes el desarrollo de sus máquinas de vapor. De hecho, de estos avances dependerá en gran medida nuestra forma de vaporizar en el futuro más próximo.
Si hace unos años utilizar un vaporizador era de gente “rara”, cada vez son más los usuarios de cannabis que deciden consumir sus esencias mediante la vaporización. Este cambio ha venido acompañado –como no podía ser de otra manera– de un aumento de fabricantes de vaporizadores.
Este fenómeno puede compararse al ocurrido durante la última década con los teléfonos móviles. La evolución que van experimentando los vaporizadores se produce casi a diario, apareciendo constantemente nuevos modelos con grandes mejoras. [Leer más sobre la revolución del vapor]. Estas mejoras hacen que el modelo anterior se nos haga anticuado y provocan la adquisición del nuevo, ya que somos muchos los que queremos disfrutar de lo más avanzado, ya sea por temas relacionados estrictamente con la salud o simplemente por estar a la última.
A esto hay que añadirle que los vaporizadores de buena calidad no son baratos, por lo que la industria de la vaporización es una de las que más efervescentes dentro del sector cannábico.
Aumentar la autonomía de los vaporizadores cannábicos portátiles ha sido siempre una prioridad para la mayoría de fabricantes. En un principio, los modelos portátiles apenas tenían autonomía para unos minutos, y esto limitaba el consumo a los usuarios y que se veían abocados a estar conectados a la electricidad si querían disfrutar de una larga sesión de vaporización. [Leer más sobre la propuesta de los clubes de cannabis para volver a la actividad]. Por ello, algunos fabricantes pensaron que lo ideal sería usar gas en lugar de electricidad –funcionamiento similar al de un mechero– pero esto no gustó a todos los vaporetas, ya que producen olores y sabores peculiares.
De ahí que se retrocediera y se volviera al uso de las baterías convencionales, de corta duración y escasa potencia. Baterías que, a día de hoy, están siendo remplazadas –en los nuevos modelos– por baterías de mayor capacidad y fuerza. Esto consigue que los vaporizadores portátiles puedan durarnos más de una jornada de uso intensivo.
Esta nueva generación de baterías suele ser reemplazable, por lo que podemos aumentar la autonomía de nuestro vaporizador con solo adquirir alguna batería extra. No podemos olvidar que suelen ser universales, para facilitar el desarrollo de nuevos cargadores también universales, como ya ha ocurrido con los teléfonos móviles. Dichos cargadores tienen casi siempre una conexión micro USB, y los podemos encontrar de diferentes modelos y formas de carga que pueden ir desde la conexión común de enchufe a la carga solar –cabe recordar que incluso podemos aprovechar la luz de nuestro cultivo para recargar las baterías del vaporizador–, sin olvidar la carga mediante el mechero de coche. Estos cargadores consiguen que las baterías estén totalmente cargadas en menos de una hora, algo impensable hace tan sólo un lustro. Precisamente, la rapidez de carga y la mayor autonomía han propiciado que dispongan de mayor potencia, hecho que se verá reflejado en el calentamiento.
Aún recuerdo cuando me compre mi primer vaporizador, pese a ser eléctrico tardaba –y tarda que aún lo tengo y funciona– en calentar unos quince minutos. Una vez transcurrida esa larga espera, por fin podías vaporizar, por llamarlo de alguna manera. Hoy día esto ha cambiado drásticamente, tanto en los vaporizadores de sobremesa como en los portátiles.

En cuanto a los de sobremesa, apenas tardan en calentar tres o cuatro minutos. Esto se debe a que los vaporizadores actuales poseen cámaras de calentamiento más eficaces y carentes de pérdidas de calor como ocurría en los primeros modelos o incluso en los vaporizadores actuales low cost. Con esta eficiencia no sólo conseguimos una mayor rapidez en el calentamiento, sino que además propiciamos un enorme ahorro eléctrico, llegando a gastar la mitad de energía un vaporizador actual –de buena calidad– que algunos modelos antiguos. Esta eficiencia también consigue que el calor quede encapsulado, evitando posibles quemaduras, ya que las partes externas del vaporizador apenas se calientan.
Si nos fijamos en los vaporizadores portátiles, las diferencias en el calentamiento de los modelos primitivos y los actuales son más que notables. Mientras que el calentamiento antes tardaba una eternidad, ahora los vaporizadores top tardan apenas 40 segundos en pasar de 0 a 200 grados Celsius. Al igual que ocurre en los vaporizadores de sobremesa, los vapos portátiles también encapsulan con mayor eficacia el calor. La principal razón de esta rapidez son las baterías, que consiguen mandar mayor potencia al sistema de calentamiento y aceleran mucho el proceso.
También cabe destacar que cada vez son más los modelos que combinan varios sistemas de calentamiento para aumentar su rapidez, consiguiendo resultados muy sorprendentes –apenas 20 segundos de 0 a 200– aunque esta combinación aún está poco desarrollada debido al encarecimiento en los costes de producción.
Al igual que las baterías, los termostatos son otra de las grandes evoluciones en la funcionalidad de los vaporizadores cannábicos. Este cambio lo podemos apreciar de dos formas:
Como todo negocio, la industria de la vaporización se mueve por la ley de la oferta y la demanda. De ahí que al extenderse a nivel mundial el uso de cannabis medicinal, sean muchos los fabricantes de vaporizadores que buscan obtener una certificación para su uso medicinal. Estas certificaciones las suelen otorgar laboratorios especializados en testar instrumental médico. Suele comprobarse tanto la eficacia del vaporizador como los materiales en los que está fabricado. Se llevan a cabo diferentes test, como puede ser mantenerlo a máxima temperatura durante horas y comprobar así que tras un sobrecalentamiento no desprende ninguna sustancia insalubre.

En la actualidad ya son cinco los modelos certificados para uso en hospitales, de los cuales cuatro han sido certificados en el último año. Por ello, esta cifra seguro que aumentará muy pronto.
Esta carrera en busca de la certificación para uso medicinal también ha propiciado que los fabricantes sustituyan los plásticos de dudosa procedencia por materiales revolucionarios como la cerámica de zirconia, material veinte veces más duro que el cristal que no deja ningún tipo de residuo en nuestro preciado vapor.
Dada la expansión del cannabis tanto a nivel medicinal como recreacional, y como son muchos los países en los que no está permitido el consumo de cannabis, los fabricantes se preocupan cada vez más de producir modelos que pasen desapercibidos. Por ello la última tendencia es fabricar modelos de menor tamaño y redefinir las líneas de los modelos más populares, eso sí, conservando su esencia interior.
Ya son varios los fabricantes que han implementado un vaporizador en utensilios usados en el día a día, como puede ser una memoria USB o la llave de un automóvil. Este tipo de vaporizadores cannábicos son ideales para consumidores medicinales que necesitan pasan desapercibidos en caso de necesitar usar el vaporizador en un lugar público –imaginad que necesitan paliar un brote–.
Tampoco podemos obviar que los consumidores meramente recreativos buscan modelos cada vez más pequeños y con la posibilidad de ser trasportados. Por último, los vaporizadores empiezan a convertirse en productos coleccionables, de ahí que los fabricantes, además de manufacturar máquinas de vapor efectivas, deben ofrecer cierto estilo. Hay modelos que incluso disponen de diferentes fundas y/o carcasas para personalizar al máximo nuestro vaporizador.
Pese a que no hace ni un año se pusieron muy de moda las aplicaciones para combinar el teléfono móvil y el vaporizador, a día de hoy, tanto los fabricantes como los usuarios, han perdido interés. Ciertamente, estas aplicaciones pueden ser útiles para algunas cuestiones puntuales, como cambiar la temperatura preajustada por el fabricante o controlar el número de inhalaciones realizadas, su utilidad no va más allá.
No podía terminar este artículo de Cannabis Magazine sin recordaros que la vaporización es la forma de consumo de cannabis más eficaz y saludable.
¡Yo vaporizo!

INVITAMOS A NUESTROS SOCIOS

El frío puede ser un gran enemigo de tus plantas de cannabis, que necesitan temperaturas cálidas para prosperar. Sin embargo, se pueden conseguir buenas cosechas en latitudes norteñas con técnicas de cultivo y semillas resistentes. ¡Sigue leyendo porque te explicamos cómo hacerlo!

El cultivo de cannabis en climas fríos como por ejemplo en países del norte de Europa como Alemania o Inglaterra, presenta algunos desafíos característicos.
Hay que tener en cuenta que el rango óptimo para el cultivo de cannabis es 20 – 22º de mínima (nocturna) y entre 24 – 26º de máxima temperatura diurna. Sin embargo, se puede cultivar cannabis dentro de unos parámetros de 18º de temperatura mínima de noche y 30º de día.
Fuera de esos límites, la planta tendrá más dificultades para llevar a cabo sus procesos biológicos lo que conlleva:
Todos estos factores tienen como consecuencia una reducción drástica tanto de la calidad como de la cantidad de flores.
Como acabamos de explicar, la planta de marihuana necesita unas temperaturas templadas para desarrollarse correctamente. Por ello, cuando hablamos de cultivar cannabis en exterior en climas fríos, nos referimos siempre a hacerlo dentro de la estación de verano.
Si bien en algunas regiones más cálidas como por ejemplo el Sur de España se pueden germinar las semillas de marihuana en los meses de Marzo-Abril, en climas del norte habrá que esperar a la llegada del buen tiempo.
Por lo general, este tipo de climas más fríos pueden ser variables y su verano es mucho más corto, por ello:

Uno de los peligros principales de cultivar marihuana en exterior en climas fríos es la temprana llegada del otoño. En zonas norteñas del hemisferio norte, octubre ya es un mes frío con propensión a las lluvias.
Por ello, una buena opción para evitar que tu cosecha se malogre con la aparición de hongos y otras enfermedades, son las semillas Fast version.
Este tipo de cepas son semillas fotoperiódicas que dependen del cambio de ciclo de luz para comenzar su floración (por tanto podrás hacerlas crecer tanto como quieras y alcanzar un gran tamaño), que tienen la peculiaridad de tener un periodo de floración 2 semanas más corto que el de las semillas feminizadas normales. Estas variedades resultan de cruzar variedades autoflorecientes con variedades feminizadas fotodependientes.
Por ello, variedades como BCN Critical XXL Fast de Seedstockers estarán listas para cosechar a mediados de septiembre sin renunciar a grandes cosechas de enorme calidad.
Las semillas autoflorecientes son las reinas del cultivo en exterior en climas fríos, ya que su ciclo completo de vida (desde la germinación hasta la cosecha), es de tan solo 3 meses. Se trata de variedades que no dependen de la cantidad de horas recibidas para florecer, así que son perfectas para aprovechar la corta ventana de verano de países con climas fríos.

Aprende las mejores técnicas de poda para optimizar tu cultivo de marihuana según tus necesidades y las de tus plantas.
También existen variedades fotodependientes que no contienen cruces con Ruderalis (origen de las autoflorecientes), pero que acaban de florecer antes de final de septiembre. Esto es debido al buen hacer de los breeders que consiguen desarrollar estas semillas, y que seleccionan para sus cruces plantas con tiempos de floración muy cortos. Este sería el ejemplo de Jamaican Dream, que se recoge a finales de Septiembre, con una calidad superior, evitando así el frío del Otoño.

Es imposible cultivar cannabis en exterior en países de climas fríos durante el invierno, pues las temperaturas descienden a niveles demasiado severos.
Esto explica por qué la mayoría de cultivadores en países de clima frío eligen cultivar en interior, ya sea en armarios, en salas o en invernaderos.
Las variedades autóctonas más adaptadas a climas frescos son las que luego proporcionan plantas de marihuana más resistentes al frío.
Estas variedades son normalmente muy resinosas, de crecimiento rápido y perfil arbustivo. Afganas, Skunk, Kush o Critical, son algunas de las familias más resistentes.
Una de las más conocidas es la Matanuska, una cepa muy cercana a la Ruderalis capaz de resistir temperaturas más bajas que otras variedades o la rapidísima Red Dwarf, que estará lista para cortar 60 días después de germinar. Después, encontramos las mejores semillas para cultivos en exterior en clima frío entre el “star system” cannábico, como la legendaria White Widow, la Northern Lights, Big Bud, Thunder Banana, Super Skunk u OG Kush, pudiéndose incluso probar con una de las novedosas Rotten Apple de Perfect Tree.
Los cultivadores de exterior en estos lugares más fríos suelen aprovechar los meses cálidos para llevar a cabo sus cultivos en exterior, sobre todo en verano. Al ser más corto que en otras latitudes, es recomendable revisar las listas de plantas autoflorecientes, como Orange Kush Auto (63 días en total) o Magnum Auto (75 días en total), que ofrecen su cosecha en apenas tres meses.
Finalmente, el cultivador puede optar por alguna variedad “Fast” o “Early” y conseguir una cepa feminizada que se cosecha dos semanas antes que cualquier otra de su tipo, consiguiendo adelantarse a la temporada de frío. En este apartado, podemos encontrar Cookies Fast de Seedstockers o la 00 Kush Fast de 00 Seeds, una cepa además bastante productiva.

Conclusión
Cultivar cannabis en exterior en climas fríos puede presentar un desafío, sin embargo, con la estrategia de cultivo adecuada y las semillas de marihuana correctas, se pueden obtener cuantiosas cosechas de cogollos repletos de aromática resina. La precaución en estos casos será la mejor aliada del cannabicultor.
Fuente: https://www.lahuertagrowshop.com/blog/cultivar-marihuana-climas-frios/
ESTA VEZ NO TE LA PIERDAS EL DIA 8 DE MAYO A PARTIR DE LAS 18 H.


Si bien la legalización conviene a los consumidores, hay razones por las que esta acción podría afectar positivamente a la población de una nación. En este artículo te explicamos exactamente cómo beneficia la marihuana en la sociedad.
La marihuana es una gran industria que involucra distintas áreas, desde los cultivadores con experiencia en este tipo de cultivos hasta los comerciantes y emprendedores que conocen el potencial del cannabis y se aventuran a crear productos con esta planta. Por ello que cuando una región aprueba su cultivo, comercialización y consumo, más de un sector resulta beneficiado.
En el siguiente artículo exploraremos cómo beneficia la marihuana en la sociedad cuando ya es legal y las ventajas que tienen distintos sectores a detalle. Así que si te gustaría conocer qué tan importante es para la sociedad reconocer el valor de esta maravillosa planta, te invitamos a continuar en este artículo.
El principal impacto que tiene la legalidad del cannabis ocurre en las zonas rurales, en donde es común que las personas tengan que abandonar sus hogares para buscar oportunidades laborales en las grandes ciudades. Pero, en contraste, el cultivo de cannabis tiene la capacidad de reducir esta movilización considerablemente.
Una vez que ocurre la legalización del cannabis, quienes viven en el campo pueden comenzar cultivos que satisfagan la enorme demanda de esta planta y que les ayuden a mantenerse en las zonas rurales.
Además, puesto que la planta de cannabis puede centrarse en la producción de cáñamo y marihuana, el cultivador tiene acceso a dos mercados con crecimiento exponencial. Ya que esta planta y su cultivo será regulado, esto permitirá que el sector agrícola pueda ser atendido y consiga formalidad.
Si la legalización del cannabis sucede en una región, esto también provocará la creación de nuevas empresas y la cimentación de las que ya existen. La industria de cannabis legal también supone la operación de distintos negocios, mismos que necesitaran de distintos tipos de trabajadores para sus funciones.
Aunque la demanda de cannabis recreativo siempre ha existido, su compra y venta suele operar en el mercado negro, donde se quedan los beneficios del cannabis a causa de la demanda. Esto como consecuencia ha generado violencia en las ciudades. La legislación permite que las empresas puedan participar en el comercio y en la derrama económica que este genera.
Pero no solo hablamos de dispensarios, farmacéuticas o empresas alimentarias. Las propiedades del cannabis y su cultivo la convierten en una planta fácil de manejar, lo que potencia el surgimiento de emprendimientos que también pueden participar en el mercado de cannabis. La regulación en el consumo de cannabis podría no solo reforzar las operaciones de empresas existentes, sino contribuir a la creación y participación de nuevas.
Aunque cada vez hay más estudios e investigaciones sobre el cannabis y sus efectos, no hay muchos ensayos clínicos que realmente ayuden a conocer que ocurre en los humanos. Este problema en parte se debe a que su etiqueta de droga ilegal le impide ser utilizada y administrada durante investigaciones científicas.
La legalización del cannabis permitirá que la investigación se centre en ensayos clínicos (es decir, en humanos) y que con ello se logren resultados puntuales sobre cosas como los efectos, las dosis o la relación que tienen los cannabinoides de la planta con los receptores del cuerpo. Adicionalmente, los laboratorios y los científicos podrían contribuir a que existan más estudios en áreas como la medicina, donde ciertos padecimientos como el cáncer, la esclerosis múltiple o glaucoma son atendidos.
Dado que muchos pacientes pueden ser tratados con cannabis, no es de sorprender que la medicina sea una de las áreas que se beneficie con la legalización. Las migrañas, los dolores, los efectos de quimioterapias, la ansiedad y el estrés que producen ciertas enfermedades en los pacientes podrían encontrar un alivio con el uso de diferentes formas de cannabis.
El hecho de que en algunas regiones ya se haya usado la planta para estos fines son muestra de las bondades del cannabis. Al legalizarse su uso medicinal es entonces que podrá regularse y las personas tendrán fácil acceso a tratamientos alternativos que podrían ayudar a su organismo de una forma natural, evitando los efectos adversos que provocan la mayoría de los fármacos.
Por supuesto, al disponer de una gama amplia de variedades, con composiciones de cannabinoides diferentes, los pacientes tendrán la posibilidad de recibir un tratamiento más preciso para sus malestares. Todo esto sin tener que recurrir al mercado negro y acompañados siempre de la supervisión de médicos capacitados en el uso de cannabis medicinal.
Uno de los principales sectores que participa en cómo beneficia la marihuana en la sociedad después de legalizarla es el fiscal. Desde el cultivo hasta la comercialización, tanto de cannabis recreativo como medicinal, esta planta generará impuestos que podrían beneficiar a la sociedad en general. Los primeros cambios podemos verlos en aquellos países donde ya está permitido consumir cannabis en cualquiera de sus modalidades.
Otra ventaja de este beneficio es que se gastaría menos en procesos judiciales y movilización policíaca con la legalidad. En general, la industria regulada del cannabis puede contribuir a la sociedad para que todo lo invertido en mantener su prohibición sea entonces usado en otros aspectos como la educación, infraestructura y salud.
La prohibición del cannabis ha hecho que varias personas sean injustamente enjuiciadas y encarceladas solo por estar a favor de sus efectos. Desafortunadamente, esto también ha provocado que se formen mafias dentro del mercado negro, las cuales controlan la distribución, producción y comercio de las plantas y los productos de cannabis. Como resultado, se limita su accesibilidad y el comercio del cannabis se convierte en una fuente de ingreso para actividades delictivas.
Al convertirse en una planta legal, el consumo entre menores de edad podría ser regulado, lo que los alejará del mercado negro. Pero, aunque con su aprobación no desaparecerá el mercado ilegal, este perderá fuerza y será más pequeño.
Podemos decir que el cómo beneficia la marihuana en la sociedad cuando es legalizada ocurre en distintos niveles, que van desde el sector medicinal hasta la vida rural. Hoy en día el impacto positivo que tiene la legalización la podemos ver en aquellos países que ya han apostado por modificar sus leyes y permitir que sean sus habitantes quienes tengan la última palabra sobre el consumo de marihuana.
Varios países han legalizado el uso recreativo de esta droga. En 2021, cerca de 219 millones hicieron uso de ella en todo el mundo.

El cannabis es, con gran diferencia, la droga más consumida del mundo. Un 2,8% de la población mundial consumió esta sustancia a lo largo del año 2021, según la UNODC, un dato que sobrepasa por mucho el porcentaje de uso de otras sustancias ilícitas, como los opiáceos y opioides (0,8%).
Debido al gran volumen de consumidores, existen muchos actores interesados en la despenalización de su uso recreativo, de momento ilegal en la mayor parte de países. Pese a esto, y debido a la nueva ola por la legalización del cannabis iniciada hace una década en Norteamérica, numerosos Estados han implementado recientemente políticas encaminadas a permitir y regular el consumo de esta sustancia con fines no médicos ni científicos.
Algunos de los países que han legalizado el consumo recreativo de cannabis en los últimos años son Canadá, México, Sudáfrica, Uruguay, Georgia o Malta. En Estonia, Portugal, Israel y Tailandia el consumo no es legal, pero está despenalizado, mientras que en EE.UU. depende de la legislación de cada territorio: en la actualidad, 21 estados del país, junto con Washington, D.C., han legalizado el uso recreativo de esta droga para adultos.
En el mapa mundial del consumo de cannabis hay una cierta coincidencia entre los países con un alto porcentaje de consumo y la existencia de políticas de despenalización o legalización. Israel, donde el uso privado de esta droga no está perseguido, es el primer país en número de consumidores, cercano a un 27% de su población adulta. Le siguen Estados Unidos (23%) y Canadá (21%). Uruguay y Chile son, por su parte, los países con las mayores tasas de consumo en América Latina.Los efectos de esta oleada de cambios legislativos llevan tiempo siendo discutidos, con posiciones encontradas sobre si la legalización ofrece beneficios en términos de salud —la ONU admitió recientemente las propiedades terapéuticas del cannabis— y de control de su uso. La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), por ejemplo, sostiene que la legalización no ha disminuido el uso recreativo de la marihuana, sino que incluso ha dado lugar a un incremento del consumo, especialmente entre los jóvenes.
La legalización de la marihuana: ¿derecho o delito?
El órgano, fuertemente criticado en los últimos tiempos por su posicionamiento punitivista y su falta de transparencia, también asegura que la despenalización tampoco ha conseguido acabar con el crimen organizado y las redes de tráfico.
En cualquier caso, analizar el impacto de la legalización en el consumo de la marihuana resulta complicado. Comparar los datos de consumo previos a la legalización con los posteriores no tiene por qué probar una relación causal directa. Hay otros factores a considerar en ese aumento estadístico, como una mayor predisposición por parte de los individuos a participar en encuestas o informar sobre el consumo de cannabis si dicho consumo ya no es ilegal o se ha despenalizado.
El mapa de la legalización del cannabis en el mundo
Junto a esto, también hay que destacar el potentísimo negocio que se está construyendo en torno a la legalización médica y recreativa del cannabis, que ya reporta grandes beneficios económicos en varios países. En todo el mundo ya hay unos 75 millones de consumidores legales, y se espera que aumenten con la progresiva despenalización.
Canadá es líder en el negocio, y cuenta con una veintena de corporaciones que abarcan todo el proceso, desde el cultivo del cannabis hasta la manufactura y su distribución. La “fiebre del oro verde” prevé mover en 2025 unos 50.000 millones de euros, con la multinacional Canadiense Canopy a la cabeza.
FUENTE: Descargar mapa
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