Cannabis en tiempos de guerra

Elizabeth Erhardt

¿Es legal consumir cannabis en el ejército? ¿Puede el CBD ayudar a soldados y veteranos? Analizamos el uso del cannabis en conflictos armados y en políticas de reclutamiento con base en los casos de Ucrania y EE.UU.


El cannabis como herramienta emergente en el mundo militar

Durante años, el cannabis ha sido percibido como una sustancia marginal dentro de las fuerzas armadas. Sin embargo, los cambios legislativos globales y el creciente interés en sus propiedades terapéuticas han abierto la puerta a nuevas preguntas: ¿Puede un soldado usar CBD? ¿Qué ocurre si un aspirante da positivo en marihuana? ¿Cómo se regula su uso en zonas de guerra? Este artículo analiza dos casos concretos: el papel del cannabis en el conflicto ucraniano a través de la iniciativa Cannabis With Ukraine, y el análisis de RAND sobre el consumo previo de cannabis entre reclutas del ejército de EE.UU.

Cannabis With Ukraine: ayuda humanitaria con enfoque terapéutico

La guerra en Ucrania ha dejado miles de víctimas, tanto civiles como militares, con secuelas físicas y psicológicas graves. Frente a esta realidad, la organización Freedom March lanzó la campaña Cannabis With Ukraine, una iniciativa internacional que busca apoyo económico y mediático para brindar ayuda a dos grupos vulnerables:

  • Niños huérfanos de soldados o civiles muertos en combate.
  • Pacientes con condiciones graves, como soldados heridos, víctimas de cáncer, amputaciones, dolor neuropático o trastornos de estrés postraumático (TEPT).

Muchos de estos pacientes pueden beneficiarse de tratamientos con CBD o cannabis medicinal, especialmente en el manejo del dolor crónico, la ansiedad y los síntomas derivados del trauma bélico. Esta campaña no solo proporciona ayuda financiera y sanitaria, sino que también visibiliza la necesidad de reformar las leyes sobre el cannabis medicinal en contextos de emergencia humanitaria.

EE.UU.: ¿Puede un soldado haber consumido marihuana? El caso RAND

En Estados Unidos, donde el cannabis es legal en varios estados pero sigue prohibido a nivel federal, las Fuerzas Armadas aplican una política estricta contra el consumo de drogas. Sin embargo, ante la caída en las tasas de reclutamiento, el Departamento de Defensa ha empezado a reconsiderar ciertas posturas.

La organización RAND publicó un estudio clave en 2021, analizando datos de miles de soldados que ingresaron al ejército con exenciones por haber consumido marihuana previamente. ¿El resultado? Estos reclutas no presentaban un rendimiento inferior ni generaban más problemas que quienes no habían consumido cannabis.

Este hallazgo sugiere que el consumo pasado de marihuana no es necesariamente un indicador negativo, y que las políticas militares podrían evolucionar hacia criterios más justos y basados en evidencia, sin poner en riesgo la disciplina o el rendimiento.

¿Es seguro el CBD para soldados en servicio activo?

A diferencia del THC, el CBD no es psicoactivo. No genera “colocón” y se utiliza legalmente en muchos países para tratar ansiedad, insomnio, dolor e inflamación. Sin embargo, en el contexto militar, su consumo plantea varios desafíos:

  • Riesgo de contaminación con THC: muchos productos de CBD contienen trazas de THC que pueden dar positivo en test antidrogas.
  • Falta de regulación clara: en muchos ejércitos, el CBD no está explícitamente permitido ni prohibido, lo que genera confusión.
  • Disciplina militar: incluso si es legal fuera del servicio, el uso de cannabinoides puede percibirse como incompatible con la imagen o las exigencias del uniforme.

Por eso, muchos expertos recomiendan a soldados y reclutas abstenerse de consumir CBD durante el servicio, salvo bajo indicación médica y con conocimiento del mando.

Entre la medicina, la compasión y la regulación

El cannabis, y particularmente el CBD, se perfila como un aliado potencial en el tratamiento de traumas de guerra y otras patologías asociadas al ámbito militar. Iniciativas como Cannabis With Ukraine muestran que incluso en medio del conflicto, hay espacio para políticas humanitarias y compasivas. Por su parte, estudios como el de RAND invitan a repensar los prejuicios y actualizar normativas para que el pasado de un recluta no anule su futuro como soldado.

La clave está en equilibrar seguridad, salud pública y derechos individuales, construyendo sistemas que reconozcan el potencial terapéutico del cannabis sin comprometer la disciplina ni la operatividad.

Fuentes:

(2021). Army enlistment waivers in the age of legal marijuana. RAND Corporation. https://www.rand.org/pubs/articles/2021/army-enlistment-waivers-in-the-age-of-legal-marijuana.html​rand.org

Freedom March. Cannabis stands with Ukraine! Recuperado el 14 de abril de 2025 de https://cannabiswithukraine.org/about/

​https://softsecrets.com/es-ES/articulo/cannabis-en-tiempos-de-guerra

Pakistán Avanza con el Cannabis Medicinal (Pero No Como Imaginas)

18 de mayo de 2026 – 13:06·Por Camila Berriex

El gobierno pakistaní acaba de aprobar nuevos fondos para terminar de poner en marcha la Cannabis Control and Regulatory Authority (CCRA), una oficina estatal que buscará regular el cannabis medicinal e industrial desde Islamabad. Este modelo no trata de liberalizar el acceso, sino de administrarlo bajo una arquitectura de vigilancia estrecha.

La medida, reportada por medios locales, apunta a completar la renovación de la futura sede de la autoridad reguladora, un edificio estatal en Islamabad desde donde el gobierno pretende centralizar licencias, controles y supervisión sobre el cannabis medicinal e industrial. La movida forma parte de un plan más amplio: convertir una economía históricamente informal en un sector productivo regulado por el Estado.

Del cultivo tradicional a una industria regulada

El cannabis no llegó ayer a Pakistán. Mucho antes de que existieran oficinas regulatorias o presupuestos públicos para supervisarlo, la planta ya formaba parte de ciertas economías locales, especialmente en regiones tribales con  siglos de historia de cultivo y consumo de charas (resina de marihuana).

Ahora, Islamabad parece decidido a formalizar parte de esa realidad. La nueva autoridad ya comenzó conversaciones con líderes tribales del valle de Tirah, una región donde el cultivo tradicional de cannabis forma parte de la economía local. El objetivo sería integrar esas prácticas a un marco legal con licencias, supervisión estatal y potencial desarrollo económico.

No obstante, el encuentro entre funcionarios y comunidades locales también dejó ver tensiones. De acuerdo con reportes de prensa pakistaní, algunos líderes tribales expresaron preocupación por la posibilidad de que actores externos o grandes empresas terminen desplazando a cultivadores históricos una vez que el mercado quede formalizado. 

En respuesta, representantes de la CCRA aseguraron que el modelo incluiría mecanismos para priorizar a productores locales, explorar esquemas de cultivo colectivo y garantizar un acceso más transparente al mercado.

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La pregunta, sin embargo, todavía queda abierta: ¿el nuevo sistema incorporará a quienes históricamente cultivaron cannabis o terminará favoreciendo únicamente a actores con capacidad de adaptarse a una estructura burocrática más compleja?

La oficina que quiere ordenar el cannabis en Pakistán

La Cannabis Control and Regulatory Authority fue creada oficialmente en 2024, luego de la aprobación de legislación específica por parte de la Asamblea Nacional pakistaní. Su función es la de regular el cultivo, extracción, refinamiento, fabricación y comercialización de cannabis y sus derivados para fines medicinales e industriales.

El organismo tendrá autoridad para emitir licencias, supervisar estándares de cumplimiento y fomentar investigación y desarrollo de productos basados en cannabis. Según el marco legal vigente, las licencias podrán otorgarse por períodos de hasta cinco años.

La composición institucional de la CCRA también da pistas sobre el tipo de regulación que Pakistán parece querer construir. El organismo funciona bajo la Cabinet Division y está supervisado por un consejo encabezado por el Secretary of the Defence Division, junto con representantes ministeriales y gubernamentales. Más que un mercado abierto, el país parece apostar por un sistema altamente administrado desde el Estado.

La futura sede tampoco será un edificio nuevo. La autoridad tomó posesión de un inmueble estatal que anteriormente pertenecía al ya disuelto Pakistan Council for Renewable Energy Technologies, dependiente del Ministerio de Ciencia y Tecnología. El espacio deberá ser reacondicionado para transformarse en el centro operativo desde donde se gestionarán permisos, controles regulatorios y la supervisión del sector.

Convertir al cannabis en una industria regulada también implica construir burocracia. Mientras la CCRA adapta su futura sede en Islamabad, el gobierno sigue completando el rompecabezas financiero del organismo. Para 2025–2026, la autoridad había pedido cerca de PKR 1.000 millones (unos USD 3.589.860), aunque hasta ahora solo recibió una parte del presupuesto solicitado para terminar de acondicionar el edificio y poner en marcha la estructura regulatoria. 

No es legalización, es reorganización

Hay algo importante para aclarar: Pakistán no está legalizando el cannabis para uso adulto.

La marihuana recreativa sigue siendo ilegal en el país, mientras que el uso medicinal e industrial empezó a abrirse formalmente desde 2020, cuando el gobierno aprobó el uso de extractos para determinadas aplicaciones médicas e industriales.

Lo que está tomando forma ahora no parece una apertura al estilo Canadá, Uruguay o algunos estados de EEUU, sino otra cosa: una burocracia destinada a ordenar, registrar y administrar una actividad que ya existía, pero fuera de un sistema productivo formal.

Y quizás ahí esté la verdadera tensión del experimento pakistaní: cómo transformar un cultivo históricamente informal en una industria regulada sin dejar afuera a quienes ya vivían de ella mucho antes de que existieran oficinas, licencias o autoridades regulatorias.

Bálsamos con THC y CBD alivian dolores en cáncer de mama.

Un estudio realizado en Estados Unidos abre una vía para algunas mujeres con cáncer de mama que sufren dolores asociados a la terapia hormonal. La investigación no presenta el cannabis como tratamiento contra el cáncer, pero podría reducir efectos secundarios que pueden hacer más difícil sostener una medicación clave.

Los inhibidores de aromatasa forman parte del tratamiento estándar para mujeres posmenopáusicas con cáncer de mama con receptores hormonales positivos. Su eficacia clínica convive, sin embargo, con dolores articulares, rigidez y molestias óseas agrupadas bajo el nombre de síndrome musculoesquelético inducido por inhibidores de aromatasa, conocido por sus siglas en inglés como AIMSS. Como ocurre con otros efectos secundarios de la quimioterapia, este cuadro puede deteriorar la calidad de vida y dificultar la adherencia a una terapia que, en muchos casos, debe sostenerse durante años.

El estudio incluyó a mujeres con cáncer de mama en estadios 1 a 3 que presentaban dolor en manos y muñecas asociado al uso de inhibidores de aromatasa. Las participantes fueron asignadas a dos grupos: uno utilizó un bálsamo predominante en cannabidiol (CBD) y el otro un bálsamo predominante en delta-9-tetrahidrocannabinol (THC). La aplicación se realizó tres veces al día durante dos semanas, seguida de una extensión de otras dos semanas en la que las participantes podían elegir qué producto continuar usando.

Los resultados descritos por los investigadores apuntan a una buena tolerabilidad de ambos preparados y a mejoras reportadas en dolor y funcionamiento físico. El interés por el cannabis medicinal contra el dolor crónico viene creciendo en distintos ensayos, aunque este caso se limita a una población y un síntoma muy concretos. Sin embargo, el carácter abierto del ensayo, su duración acotada en el tiempo y la ausencia de un grupo placebo obligan a interpretar los datos con prudencia.

El interés por los cannabinoides tópicos se apoya en su posible acción local sobre inflamación, dolor y vías periféricas del sistema endocannabinoide. A diferencia de las formulaciones inhaladas u orales, los bálsamos aplicados sobre la piel buscan actuar en zonas concretas, con menor exposición sistémica. Esa diferencia es relevante en pacientes oncológicas, donde cualquier intervención complementaria debe evaluarse por su seguridad y su impacto real sobre el tratamiento principal. En ese punto, la discusión sobre cannabis y tratamientos contra el cáncer exige especial prudencia.

El hallazgo no convierte a los bálsamos con THC o CBD en una respuesta única, pero sí muestran un camino en cómo aliviar mejor los daños colaterales de este tipo de tratamientos. En ese terreno, el cannabis medicinal pasa a ocupar un lugar más concreto, siempre que sea sometido a la misma exigencia que cualquier herramienta terapéutica.

Fuente: https://canamo.net/

Cannabis genera alivio prolongado en personas que sufren migrañas

Un nuevo estudio aporta argumentos renovados para el uso del cannabis medicinal en personas que padecen migrañas. Los datos apuntan a una mejora sostenida en pacientes que no habían encontrado alivio suficiente con otros tratamientos. 

Según la información difundida por el estudio, 203 pacientes del Reino Unido tratados con cannabis medicinal fueron observados durante 24 meses con escalas estandarizadas para medir impacto de la migraña, calidad de vida, sueño y ansiedad. A los dos años, más de la mitad habría mostrado una mejoría clínicamente significativa en el impacto del dolor de cabeza y una proporción aún mayor dijo sentirse mejor en términos generales.

Sin embargo, la investigación es observacional y se apoya en datos reportados por los propios pacientes dentro del UK Medical Cannabis Registry. Eso quiere decir que describe asociaciones, no relaciones causales cerradas. El trabajo, eso sí, sugiere un vínculo entre el tratamiento y la mejoría, pero no permite afirmar por sí solo que el cannabis sea la causa directa del alivio ni establecer todavía qué combinaciones de cannabinoides, dosis o perfiles de pacientes responden mejor. Esa cautela ya aparecía en trabajos previos sobre reducir las migrañas con cannabis, donde el alivio coexistía con límites metodológicos y preguntas aún abiertas.

La investigación también reportó que un 15,3% de los participantes señaló experimentar eventos adversos, en su mayoría leves o moderados, aunque se registraron algunos cuadros severos poco frecuentes, como confusión y delirio. Además, la asociación entre dosis más altas de THC y mayor probabilidad de mejora en la discapacidad por migraña no puede traducirse automáticamente en una recomendación. En este terreno, la distancia entre una pista estadística y una pauta terapéutica segura sigue siendo considerable. Por eso también sigue teniendo sentido mirar con atención cualquier ensayo clínico sobre cannabis y migrañas que permita ordenar mejor la evidencia.

El hallazgo, de todos modos, no aparece aislado. A ese cuadro se suman datos recientes sobre la posible eficacia de CBD y THC frente a la migraña en otros modelos de investigación. Vistas en conjunto, estas piezas refuerzan la hipótesis que algunos preparados cannabinoides podrían ofrecer alivio a pacientes que no han encontrado respuesta suficiente en otros tratamientos. La cuestión, ya no es solo si el cannabis debe estudiarse, sino bajo qué condiciones.

Texas prohíbe el cannabis para fumar: cuando restringir no protege, sino que empuja al mercado ilegal

Por  Justin Vivero marzo 16, 2026

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La nueva normativa del Departamento de Salud de Texas, impulsada por Greg Abbott, endurece las condiciones del sector del cáñamo, encarece la actividad y limita el acceso legal de los consumidores, reabriendo el debate sobre la legalización del cannabis y el fracaso de las políticas prohibicionistas.

Texas volverá a cerrar una puerta que nunca debió abrir a medias. A partir del 31 de marzo, los establecimientos del estado no podrán vender productos de cannabis para fumar. La decisión, formalizada por el Departamento de Salud texano tras un mandato ejecutivo del gobernador Greg Abbott, no es solo una modificación técnica ni un ajuste administrativo. Es, en realidad, una declaración política. Una más. Y como tantas otras en materia de drogas, nace con la pretensión de ordenar el mercado, pero corre el serio riesgo de conseguir exactamente lo contrario: desordenarlo, encarecerlo y entregarlo, en parte, a la clandestinidad.

Conviene detenerse un momento en el fondo del asunto. Porque detrás de la retórica regulatoria, de los porcentajes de THC y de los nuevos requisitos burocráticos, lo que hay es una vieja pulsión: la de responder a un fenómeno social complejo con una prohibición simplista. Se prohíbe fumar cannabis legal, pero no desaparece la demanda. Se castiga al comercio regulado, pero no se elimina el consumo. Se elevan tasas hasta niveles difícilmente asumibles para muchos negocios, pero no se protege mejor a los ciudadanos. Lo que se hace, sencillamente, es desplazar el problema. Sacarlo del escaparate para devolverlo a la trastienda.

La nueva normativa llega acompañada, además, de un fuerte incremento de tasas. Los comercios deberán abonar 5.000 dólares anuales y los productores 10.000. No hablamos de un matiz contable, sino de una barrera de entrada y de permanencia que altera por completo las reglas del juego. Hay decisiones políticas que no necesitan pronunciar la palabra “prohibición” para ser prohibitivas en la práctica. Esta es una de ellas. Porque cuando a un sector se le exige un sobrecoste desproporcionado y, al mismo tiempo, se le amputa una parte esencial de su oferta comercial, el mensaje no es regulen mejor; el mensaje es desaparezcan.

Y esa es, precisamente, una de las grandes contradicciones del prohibicionismo contemporáneo: presume de proteger al consumidor mientras debilita a quienes operan con controles, licencias, trazabilidad y supervisión. En Texas hay más de 9.100 comercios habilitados para vender productos derivados del cáñamo. Es decir, existe un ecosistema legal, visible, fiscalizado, con capacidad de someterse a normas de etiquetado, pruebas de calidad y restricciones de edad. Si ese ecosistema se encoge por asfixia regulatoria, no se crea una sociedad más segura. Se crea una sociedad más hipócrita.

La clave técnica de la medida está en la adopción del criterio de “THC total”, que incorpora el THCA al cálculo del Delta-9 THC. Puede parecer una discusión química reservada a especialistas, pero sus efectos son profundamente políticos. La popular “flor THCA”, que había ganado terreno entre los consumidores texanos, queda en la práctica arrinconada por esta nueva interpretación normativa. Y ahí aparece otra evidencia incómoda: cuando la ley se empeña en ir por detrás de la realidad social, acaba recurriendo a artificios regulatorios para simular control. No se debate abiertamente sobre legalización, sobre salud pública, sobre reducción de daños o sobre libertad individual. Se reinterpreta la norma desde el laboratorio para obtener por vía técnica lo que no se ha querido o no se ha podido resolver por vía democrática.

Ese atajo tiene consecuencias. Las tienen para los pequeños empresarios, para los productores, para los trabajadores del sector y, por supuesto, para los consumidores. Hay comercios cuya facturación depende en gran medida de los productos fumables. Si desaparece una parte sustancial de la oferta, muchos negocios quedarán en una posición económicamente inviable. Y, cuando un negocio legal cierra o reduce actividad, el espacio que deja rara vez permanece vacío. Lo ocupa otro. A menudo, un operador que no paga impuestos, que no verifica edades, que no garantiza composición ni calidad y que no responde ante ninguna autoridad sanitaria.

Ese es el gran fracaso moral y práctico de las políticas prohibicionistas: convierten en problema de orden público lo que debería abordarse como un asunto de salud, derechos y regulación inteligente. Los propios defensores de la reforma en Texas lo han advertido con claridad. Si los consumidores no pueden adquirir estos productos en tiendas sujetas a control, los buscarán fuera del estado o en el mercado ilegal. Y ese mercado, a diferencia del legal, no ofrece ni garantías ni transparencia. No pide documentos, no informa de concentraciones, no retira lotes defectuosos y no rinde cuentas. Resulta difícil entender por qué un gobierno que afirma preocuparse por la seguridad del ciudadano toma una decisión que, previsiblemente, fortalece al canal menos seguro de todos.

Hay aquí, además, una cuestión de fondo que trasciende a Texas y habla del debate internacional sobre el cannabis. Durante décadas, la política de drogas ha estado marcada por una mezcla de prejuicio moral, cálculo electoral y resistencia cultural. El cannabis ha sido tratado no tanto como una sustancia que exige regulación racional, sino como un símbolo sobre el que proyectar temores ideológicos. Pero la realidad, tozuda como siempre, ha ido desmontando esa escenografía. En muchos lugares del mundo, el camino ha sido justamente el contrario: sacar el consumo de la sombra, fijar reglas claras, controlar la calidad, recaudar impuestos, limitar el acceso de menores y debilitar a las redes ilegales.

Legalizar no significa banalizar. Y esa confusión ha hecho mucho daño. Estar a favor de la legalización del cannabis no implica negar sus riesgos, ni fomentar el consumo, ni convertirlo en un producto inocente. Significa, más bien, asumir una evidencia elemental: una sociedad democrática gestiona mejor lo que regula que lo que prohíbe sin éxito. Significa entender que la protección real pasa por informar, controlar, prevenir y tratar, no por empujar a miles de personas hacia circuitos opacos. Significa aceptar que el Estado debe intervenir, sí, pero con inteligencia, no con reflejos punitivos heredados de otro tiempo.

Texas, con esta decisión, parece optar por el camino inverso. No resuelve la demanda, no ofrece una alternativa más segura y no abre un debate honesto sobre qué modelo de convivencia quiere respecto al cannabis. Se limita a endurecer. A encarecer. A restringir. Como si la complejidad social pudiera resolverse a golpe de decreto. Como si las costumbres, las necesidades terapéuticas, los usos recreativos y las transformaciones culturales fueran a desaparecer por cambiar una fórmula en el boletín administrativo.

La pregunta que queda flotando es incómoda, pero necesaria: ¿a quién beneficia realmente esta medida? Desde luego, no al pequeño comerciante que intenta operar dentro de la ley. Tampoco al consumidor que busca un producto regulado y seguro. Ni al contribuyente, que podría acabar pagando el coste de futuros litigios. Y mucho menos a la salud pública, si el resultado es un trasvase hacia canales sin control. Tal vez beneficie, eso sí, a una determinada narrativa política: la que sigue presentando la dureza como sinónimo de responsabilidad y la restricción como una virtud en sí misma.

Pero gobernar no consiste en aparentar firmeza. Consiste en resolver problemas. Y el cannabis, nos guste o no, no se resuelve negándolo. Se resuelve regulándolo con seriedad, con evidencia y con sentido común. Todo lo demás, por mucho que se disfrace de prudencia institucional, se parece demasiado a una renuncia. Y ya sabemos quién paga siempre el precio de esas renuncias: los ciudadanos, los negocios legales y, una vez más, la verdad.